Nueva adquisición: Guía de perplejos

perplejosAl fin hoy llegó mi nueva adquisición para la biblioteca. Es la Guia de Perplejos, o Guía para descarriados, de Rabbí Moshé ben Maimon, también conocido como Maimónides o el RamBam.

Esta guía está destinada a aquellos que, aún poseyendo espíritu religioso y estar versados en la filosofía y ciencia verdaderas (se entiende que de la época), se encuentren con dudas o desorientados.

De la sinopsis del mismo libro,

la Guía de perplejos, verdadera suma teológico-filosófica del judaísmo, el lector descubrirá una innovadora exégesis de la Torá, conocerá críticamente las principales teorías aristotélicas, podrá valorar por sí mismo la viva polémica del autor con los teólogos islámicos, y recibirá una preciosa información de primera mano sobre el desarrollo científico, especialmente de la astronomía, en la Edad Media. Con razón, la Guía de perplejos ha sido considerada por los estudiosos como la obra cumbre del pensamiento judío medieval.

Ya publiqué un fragmento hace unas semanas. Éste es un libro para leer con cariño.

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De la oración

La oración invita a que la presencia de Di-s esté sobre nuestros ánimos; Que la voluntad de Di-s prevalezca en nuestras vidas. La oración puede que no lleve agua a los campos resecos, ni puede arreglar un puente, ni puede reconstruir una ciudad en ruinas. Pero la oración puede dar de beber a una alma sedienta, aliviar un corazón roto, reconstruir una voluntad debilitada. Aquel que tras orar se levanta como una mejor persona, su oración ha sido respondida.

Rav. Ferdinand Isserman

De la fe

Graba bien en tu pensamiento, mientras lees el presente Tratado, que yo no entiendo por “fe” la mera declaración que pronuncian los labios, sino algo que aprehende el alma, una convicción de que un objeto o creencia es exactamente tal como el alma lo ha aprehendido. Hallarás no pocas gentes ignorantes que profesan artículos de fe, sin que respondan a idea alguna en ellos.

Cuantos creen que Di-s es uno, y declaran empero que tiene muchos atributos, pronuncian Su unidad con los labios, y afirman Su pluralidad con el pensamiento. Así la doctrina de los cristianos, que dicen que Di-s es Uno y Trino, y que los Tres son Uno. Parecida es la creencia de los que dicen ser Di-s uno, pero con muchos atributos; y que Sus atributos son uno con Él, negando empero la corporeidad y afirmando Su absoluto desligamiento de la materia, como si bastara encontrar juegos de palabras, en vez de fundamentos de creencia.

Tu, renuncia a tus deseos y hábitos, sigue a tu razón, estudia cuanto voy a decirte en los capítulos que siguen, acerca de la necesidad de rechazar los atributos de Di-s, y, entonces, te convencerás plenamente de lo que he dicho, y serás de los que verdaderamente conciben la unidad de Di-s. No como aquellos que proclaman con los labios y la niegan con el pensamiento.

Capítulo L de la “Guia para perplejos” del Rabí Moshe ben Maimon.

El pasado judío de España es eso, pasado

En estos días de Pesach y los previos, tuve la oportunidad de hacer un par de viajes-relámpago. El primero a Roma, y luego a Córdoba, pasando por Toledo y visitando las llanuras manchegas.

En los tres destinos, he podido pasear un rato por las antiguas juderías, pero de las tres, sólo una sigue vigente: la romana.

En el ‘antiguo’ barrio judío de Roma, situado, calle más o calle menos, entre el Teatro de Marcello y la Via Arenula, y entre el Tíber y la línea que forman la Via dei Falegnami y la Via dei Furnari, no sólo se puede ir a comer a los restaurantes, cafeterías y heladerías kosher.

Cuando uno callejea por esa zona, se pueden encontrar bastantes puertas y portales con su mezuzá, y qué decir de la imponente Sinagoga mayor, así cómo de las otras pequeñas sinagogas ‘locales’. Ahí vive gente y el barrio sigue vivo con los años.

Por lo contrario, tanto en Toledo como en Córdoba, las antiguas juderías son eso mismo, antiguas juderías, convertidas ahora en reductos para turistas. En Toledo, está ‘señalizado’, si por señalización entendemos unos minúsculos azulejos en el suelo o en la base de alguna casa.

La recuperación de dos de las sinagogas de la ciudad, Tránsito y Santa María la Blanca (aún cuando llamar ‘Santa María’ o ‘Nuestra Señora del Tránsito’ a una sinagoga situada en la Calle de los Reyes Católicos es algo más que un chiste muy penoso) es de agradecer, pero cuando se visita el “Museo Sefardí”, en el interior de la Sinagoga del Tránsito, uno no tiene la impresión de visitar El Museo Sefardí de España. Más bien es una mini-exposición que viaja muy rápido de los habitantes de la Tierra de Canaan hasta el siglo XIX.

Se pueden ver ídolos domésticos cananeos, fragmentos de construcciones, algunos rollos de Torá con sus punteros, libros de rezos, una Meguilá, un par de ‘vestidos tradicionales sefardies’, ‘herramientas’ del siglo XIX para la circuncisión y una ketuba, o contrato matrimonial.

Una de las zonas más emotivas, por decirlo así, es el Rincón de la Memoria, un pequeño jardín exterior en el que se han situado estelas funerarias y tapas de sarcófagos. La mayoría fueron recuperadas de casas privadas toledanas, donde hacían las funciones de fregaderos, abrevaderos y demás…

La sinagoga en sí es realmente impresionante, en especial las yeserías y el Aharón ha-Kodesh, o el pequeño fragmento del suelo original, conservado gracias al altar que se construyó encima y que, en ser retirado, hoy nos permite contemplar un mínimo vestigio de lo que fue el suelo original.

Pero es en Córdoba cuando uno se da cuenta de la realidad actual de lo que una vez se conoció como Sefarad. Callejuelas en las que toda casa y local es un bar o un chiringuito para turistas, vendiendo monteras de torero, figuritas de nazarenos, sevillanas y toros, banderas de todos los colores y equipos de fútbol, collares, anillos y pulseras, azulejos de “Aquí vive uno de…” (también algún azulejo con una menorah o un magen David), dulces y vinos.

Más aún, las procesiones de Semana Santa circulan por esas callejuelas, hoy alfombradas por la cera fundida de los cirios, e incluso los carteles de las tiendas tienen bisagras para poderlos plegar y que no se enganchen los pasos con sus palios. Por suerte, la calle en la que actualmente se sitúa la puerta de acceso a la antigua sinagoga es demasiado estrecha para que pase la procesión…

La sinagoga no pude visitarla, ya que los lunes está cerrado, como los bares. Lo que si que estaba abierto era la Casa de Sefarad, un sitio en el que nos dieron un folleto informativo sobre el concierto de flamenco que se iba a celebrar esa misma noche.

Y esa es la herencia de Sefarad, lo que queda realmente de ese lugar-concepto, de ese espacio-tiempo que iluminó parte del mundo conocido. Una pantomima, un intento de parque temático con ínfulas, que ni si quiera respeta la memoria de lo que se hizo, y que con la ayuda de panfletos tri-lingües proclama el “amor gratuito y para siempre al pueblo de Israel” por parte del arzobispado. Quizá estaría mejor poner un par de kippot a disposición de los visitantes que estuvieran dispuestos a reconocer dicha memoria.

Posters del arzobispado católico, panfletos, azulejos de recuerdo y ofertas de recuperación de la ciudadanía española. Esto es lo que queda de Sefarad en España.

Más sobre la interpretación helenística de conceptos hebraicos

En el último artículo comentaba la influencia que tuvo el helenismo en la surgida del cristianismo.

Hoy, disfrutando de la intervención del Rabino Lord Jonathan Sacks en la NYU hablando de diversidad religiosa, llegué al minuto 36:50, en que el Rav comenta la no validez, dentro del judaísmo, del “principio de no contradicción”, por el que una afirmación y su contraria no pueden ser ciertas.

Comenta que Jan Assmann, en su libro “La distinción mosaica: el precio del monoteísmo” (que por cierto también estoy leyendo), atribuye al monoteísmo la introducción de la intolerancia en el mundo, más concretamente a Moisés, que de alguna forma introdujo el principio de no contradicción en el mundo, distinguiendo entre el Dios verdadero y los falsos dioses: si mi Dios es el Di-s verdadero, el tuyo tiene que ser falso.

Para Sacks, esa afirmación es peligrosamente equivocada, ya que el principio de no contradicción no entró en la vida religiosa ni con Abraham, ni con Moisés ni con el judaísmo ni con la llegada del cristianismo, si no que lo hizo cuando conceptos hebreos de lenguaje, conocimiento o verdad llegaron a la civilización occidental, no en su forma original (hebreo) si no en su traducción griega, una lengua para la que no están hechos.

El griego es la lengua ideal para la filosofía y la ciencia, pero no lo es en absoluto para expresar los valores y conceptos religiosos centrales para la Torá hebrea, ni del cristianismo ni del islam, ya que estos conceptos no tienen nada que ver con la ciencia ni la filosofía ni con la verdad descriptiva.

A partir de este momento, la charla de Sacks se transforma en un bellísimo alegato de defensa de la unicidad de Di-s, del mismo Di-s al que todos rezamos, aunque de forma diferente, y en la negación total y categórica de la exclusividad religiosa.

Sólo en la traducción griega, el monoteísmo se convierte en “un solo Dios significa una sola verdad, una sola forma de ser”.

Véanlo, vale mucho la pena.

Más de la Respuesta a Job

Sigo leyendo la Respuesta a Job de Jung. Y acabo de tener un momento muy divertido. Empezó hace un par de días, viendo el documental en dos partes Bible Hunters, donde se habla de la carrera realizada a finales del siglo XIX e inicios del XX para corroborar que las palabras de la Biblia (o mejor dicho, el Nuevo Testamento) son realmente la palabra de Di-s.

En la segunda parte, se explica, muy por encima, eso si, el proceso de selección entre los muchos y variados ‘evangelios’ que se escribieron años después de la muerte de Cristo. En esa selección tuvo mucha mano Atanasio de Alejandria, Obispo de esa ciudad y posteriormente Doctor de la Iglesia.

Atanasio fue el principal defensor de la trinidad frente a los arianos (que defendían que Cristo era de una ‘sustancia’ diferente de Di-s). Helenista convencido, dominaba el griego y su conocimiento de la Torá (o del “Antiguo Testamento”) se limitaba a la Septuaginta, una traducción de la Torá al griego.

La tradición helena siempre fue “algo” misogina. El mismo Aristóteles decía que las mujeres eran simplemente inferiores a los hombres, aunque diferentes a los esclavos (¡menos mal!). De los griegos sale esa esperanza de la perfección, solamente alcanzable en una relación entre dos hombres.

Que cabe esperar entonces de la adaptación de la religión judía por parte de helénicos convertidos, como Atanasio o Pablo de Tarso, judío helenizado que no sólo tuvo la visión que los 613 mandamientos del judaísmo eran demasiados (o demasiado duros) para cumplirlos, y por lo tanto no tenía sentido seguirlos, sino que se atrevió a cuestionar a los mismísimos compañeros de Cristo en sus creencias, acusándoles precisamente de ser judíos (!!??).

Así tenemos una corriente claramente misógina, como dice Jung cuando habla de qué pasaría si ‘desmitologizamos’ a Cristo:

Este intento racionalista aniquilaría todo el misterio de la personalidad de Cristo, lo que sobreviviría a éste intento no sería ya el nacimiento y destino de un dios en el tiempo, sino simplemente un maestro religioso sobre el cual no hay testigos históricos demasiado serios, un reformador judío, que ha sido interpretado a la manera helenística, y con eso falseado, es decir, una espécie de Pitágoras, de Buddha o de Mohammed, pero de ningún modo un hijo de Di-s o un dios encarnado.

Y eso es lo que es Cristo sin la interpretación helenística, sin el Christós. Sin la traducción e interpretación que da la vuelta completamente al significado de Masiach, sólo queda un spin-off aguado del judaísmo, un judaísmo sin judaísmo, proclamado por filohelenos y, como el helenismo, con la visión de “enseñar al que no sabe”, de transmitir la verdad ilustrada a las hordas de bárbaros ignorantes.

Lo que ignoraron, ¿deliberadamente? Pablo y los que le sucedieron, además de los 613 mandamientos, es que la tradición judía es bastante tajante en tanto a la identidad del Masiach, así como en la definición de los falsos profetas. Pero esto es otro tema.

Respuesta a Job

Ando leyendo la “Respuesta a Job” de Carl G. Jung. Jung es curioso, pero a veces parece que se le fuera la cabeza. Y es exactamente eso lo que yo pensé en los primeros capítulos de su respuesta al libro de Job.

Para Jung, el libro de Job es el primer momento en que aparece una crítica a Di’s, en que se muestra una cara ‘malvada’ de HaShem. Ésta cara malvada se muestra, según Jung, en el trato que dispensa a Job. No sólo aparece el mal trato, sino que se cuestiona la omnisciencia del Creador, ya que, para Jung, si el Creador que todo lo ve y todo lo sabe tiene que demostrarle a satanás que Job no va a traicionarle por muchas maldades que le inflija, es que realmente no es totalmente omnisciente. Hay algo que se le escapa al Creador.

Todo esto va cuadrando a medida que uno va avanzando en la lectura, y se asienta por completo al final del capítulo cuarto, ya que, al menos yo, descubrí la función (o al menos uno de los sentidos o propósitos), de Jung en su “Respuesta”: es la explicación de una de las bases de las creencias cristianas. Y se alcanza gran claridad cuando el autor empieza a hablar de la deificación de la madre de Jesús, de la que dice que es una imagen de la Sabiduría que aparece en Kohelet y Proverbios, como requisito previo a la encarnación del hijo medio-humano de Di’s.

Uno podría pensar “pues claro, si Jung era hijo de un pastor protestante, ¿de qué va a hablar si no?”. El contexto en que se leen los textos hace mucho. Si uno lee la Respuesta a Job desde una óptica fuera del contexto ‘veterotestamentario’, si no en contexto de “Tora”, todo le sonará a chino, cuando no a idolatría. Pero cuando se comprende el contexto del autor y se lee el texto de acorde con ese sentido (aún cuando no se comparta para nada ese sentido), todo coge otro matiz.

Cabe tener en cuenta también toda la obra y el bagaje de Jung en tanto a los mitos. Así, aún cuadra más el texto y transluce el simbolismo. Un simbolismo que no deja de ser interesante y hermoso.