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Véte

Véte de tu país y de tu lugar natal y de la casa de tu padre, a la tierra que habré de mostrarte.

Con esa frase empiezan muchas cosas. Abram, aún sin hache, es el peregrino-viajero por excelencia. Responde a la llamada de Di’s dejando su país, su pueblo, su ciudad y todo lo que conoce, y se marcha a un lugar incierto.

Pero con esa frase también puede empezar, de hecho lo hace, cualquier viaje, ya sea el viaje hacia nuestro interior, ya sea el viaje ‘terrenal’, desde el emigrante hasta el que busca conocer el mundo. Abandonarlo todo para dirigirse a un lugar desconocido y sin ninguna garantía de éxito. Ni que se vaya a llegar, y ni mucho menos que habiendo llegado, encontremos lo que andábamos buscando. Porque, además, ¿qué es lo que buscábamos, si acaso buscábamos algo? ¿Qué es lo que empuja a alguien a dejarlo todo e irse lejos, hacia el incógnito?

Buscando, hasta en dos ocasiones he seguido el camino de Abram. Figuradamente, no por la llamada divina. Ansia de conocer, de descubrir, de compartir. La primera salió mal, y la segunda peor. De hecho, fue salir de la sartén para caer en la brasa. Mis aventuras y viajes de descubrimiento terminaron con quemaduras graves y me quedé literalmente con lo puesto.

Ahora, cuando ves ese proyecto, esa idea, esa propuesta que te lanza alguien, esa ‘cosa’ que quisieras hacer o decir y que se aleja tanto de todo lo que has hecho, pensado y dicho con anterioridad… piensas que ya no estás para según qué. Que tienes una edad… pero al fondo queda esa sensación de saber que, si tras contemplar las posibles repercusiones, hubiera una tercera vez, todo se derrumbaría.

Es estar en esa frontera entre lo normal y lo osado, entre la quietud y el ajetreo, entre la tranquilidad y la aventura. Es, en palabras del Rabbí Menahem Creditor, estar al borde de esos pasos sagrados que nos alejan de la seguridad.

Estar en esa frontera es duro: por un lado, sabes que puede ser la última oportunidad, pero ¿y si esta vez sale bien? Esto debía ser un pequeño artículo sobre las situaciones-frontera, y termina siendo un volcado emocional… porque ningún viaje es exactamente como lo planeamos.

En el principio…

Todo tiene un principio. En el mío, al poco de nacer fui bautizado en la fe católica. A finales de mi adolescencia, y tras un periodo en que me aplicaba bastante, empecé a dejar de creer. No fue una “crisis de fe”, si no más bien un abandono progresivo.

Hace unos diez años tuve una especie de “despertar budista” que apenas duró unos meses, ya que hay ciertas cosas, aspectos y relaciones que no logré comprender.

Tras todos estos años, hace poco empecé un proceso interior de revisión completa de mis creencias. Y eso incluye aspectos religiosos. Por eso decidí titular el blog como “Memorias de un prosélito”.

Aunque técnicamente no sea un prosélito, es decir un converso formal, siento afinidad con el judaísmo, aunque si todo esto deriva en un proceso consolidado de conversión, ya se verá en su momento.

He creado éste blog sin nombres para poder escribir libremente, comentar impresiones, visiones y pensamientos, ya que en España no está bien visto hablar de según qué cosas en según que lugares. Pero aún con toda esa afinidad, en éste blog se hablará no sólo de judaísmo, si no de todo un poco.

Bienvenidos a “Memorias de un prosélito”